
Juan Jerez
«La noche de San Juan, la noche de los demonios.» — equivalencia fijada en el calendario de Antiterra
Hay nombres que son personas y nombres que son encrucijadas. Juan pertenece a la segunda especie: bajo esa sílaba doble el archivo guarda al menos tres figuras que no se dejan fundir en una —un semiorco brujo al borde de un camino, un peregrino venido del Oriente con una guitarra y una misión, un compañero de la banda que murió contando doncellas— y, por encima de todas ellas, una noche entera del año consagrada a los demonios. Este cronista las presenta juntas porque el nombre las junta, y separadas porque los hechos las separan. Quien busque aquí una sola vida se irá con tres, y con una fecha.
Juan Sears, el orco de campo
Al borde de un camino, en el campo, se sienta un semiorco «medio sabio, con cosas atropelladas, acostado al camino con plumas y alquitranes, todos raros». A su pie, un caldero: «una olla de medio brujo». Es «el orco de campo», brujo de camino cuyo instrumento es esa olla y cuyo material son las plumas y los alquitranes; qué prepara en ella, el archivo no lo dice. Tiene un hermano semiorco sin nombre, «el orco más salvaje», que se civilizó — y «para algunos es traidor». Que la civilización de un orco sea traición para algunos dice más del campo de Antiterra que muchas crónicas de batalla.
Pepe Juan, el del poncho de póker
De todos los Juanes, éste es el que el archivo describe con más amor por el detalle. Viste «una túnica puesta nada más, una túnica de color marrón. Aparte de nada más», y encima un poncho que no es prenda sino hallazgo: «parece que agarró un tarrero, un manto, un paño para jugar póker. Y se lo puso encima. Como capa, pero está toda largada». Lleva una guitarra con la que «está tirándole unas notitas», y los dedos con que la toca están arruinados, «costra sobre costra de comida». Carga bolsos: «varios juguetes, varios chiches, un paño, varias cosas».
Todo en él compone la figura del que anda a la intemperie desde lejos, sin recambio de ropa, que se gana el paso tocando. Pero el cuerpo desmiente la miseria: tiene «una potencia» que no corresponde a su aspecto, y llega a agarrar «con un brazo, una viga… es muy grande, pero es tocho. Y es pesado».
Viene «¡Del oriente!», y se suma a la compañía presentándose con «los ojos llorosos casi implorando» y con un motivo que excede su propia figura: «vengo por los gurises que están matando gurises. Queremos detener a este pequeño para ser amparado». Léase con cuidado lo que esa frase deja establecido sobre el mundo: hay muertes de niños en curso en alguna parte de Antiterra, y hay quienes viajan desde el Oriente para detenerlas. Los juguetes y chiches de sus bolsos no son equipo de aventura: son moneda de trato con niños, el señuelo de su misión. Se lo registra también bajo un segundo nombre, Pepe Buri, que nadie ha explicado.
Juanje y la cifra de las doncellas
Del compañero Juan Jerez, llamado Juanje, el archivo no conserva un solo rasgo físico — silencio notable en un corpus que anotó hasta las costras de los dedos de Pepe Juan. Lo que conserva es su cuenta y su fin. Perteneció a la línea de las Pretty Women, cuya norma contable es la cifra 69: «Llegué a 69, digamos» — y ese digamos es todo el problema, porque el conteo lo sostiene un hombre que no puede sostenerlo con certeza. Sobre la última doncella, la sexagésima novena, pesa un acto cometido bajo amnesia parcial: violada y posiblemente muerta a sus manos. Los diablos lo liberaron, y le cobraron el acto como deuda. Murió en la Gruta del Kraken, en el capítulo vigésimo cuarto de la gesta.
Qué cuentan exactamente los 69 es materia de escuelas: unos leen «mujeres asesinadas», otros «interacción y responsabilidad sobre doncellas». Las dos lecturas están en el archivo y ninguna cede ante la otra. Este cronista anota ambas y no falla.
La Noche de San Juan
La pieza de mayor alcance de todo este nudo no es un hombre sino una fecha. El calendario de Antiterra fija la equivalencia sin adorno: «la noche de San Juan, la noche de los demonios». Una noche entera del año identificada con los demonios afecta a todo el mundo y no a un personaje; pero el archivo, generoso en la equivalencia, es avaro en el resto: no dice el rito, ni la fecha exacta del año, ni las prohibiciones que rigen esa noche. Que un nombre de santo nombre la noche de los demonios es una ironía que Antiterra no se molesta en explicar.
Advertencias del cronista
Escribo estas líneas con la humildad del que ordena papeles ajenos. Que Juan Sears, Pepe Juan y Juan Jerez sean la misma entidad, tres entidades distintas, o un nombre que el mundo reutiliza como reutilizó Pepe Juan su paño de póker, no está establecido, y no seré yo quien lo resuelva: las propias voces del archivo vacilan en la grafía —Sears, Sear, Sir— y agravan la duda. Quedan abiertas, además, estas preguntas: quién mata a los gurises que Pepe Juan viene a proteger, y quién es «este pequeño» que ha de ser amparado; qué significa el nombre Pepe Buri; dónde queda el camino del orco de campo y qué hierve en su caldero; y qué rostro tuvo Juanje, del que el mundo guardó la cuenta y perdió la cara. Los nombres, como las noches, a veces solo comparten la palabra.
Véase además: Pretty Women · Gruta del Kraken · Noche de los Demonios
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.