
La fe y la patria entran por el mismo gesto; el horror, por una revista.
El que sube con sotana
Entre los que abordan el vuelo que el Operativo Cóndor desvía a las Malvinas el 28 de septiembre de 1966 va un sacerdote católico —seminarista todavía en ciernes—, con la sotana puesta, el equipo de misa al hombro y una guitarra prestada que le dejó Camila. En él la fe y el patriotismo no se estorban: entran en el mismo gesto, como si plantar una bandera sobre la turba y celebrar una misa fueran dos caras de una sola devoción. Es por sus ojos que se abre la gesta de las islas: el recién llegado limpio, el creyente que mira el Atlántico Sur sin sospechar todavía lo que late debajo del agua.
La puerta del horror
Su umbral hacia lo otro no es un libro prohibido ni un grimorio hallado en el fondo de un arcón, como suele ocurrirles a quienes descienden. Es algo mucho más manso y por eso más insidioso: un aviso leído en las páginas de la revista LIFE —los rosacruces, la promesa de una «visión interna»—. Esa curiosidad inocente, esa rendija abierta por una publicidad de quiosco, es la primera grieta por donde a este hombre de Iglesia empieza a colársele lo que la cofradía del fondo prepara bajo las islas. La fe que lo trae es también lo que el descenso pondrá a prueba: detrás de la hospitalidad isleña esperan la Orden Esotérica de Dagón y las potencias que sueñan en lo hondo, el culto que aguarda la venida de Cthulhu.
Notas
El cura es el personaje-umbral de la gesta malvinense: la mirada por la que la gesta pasa del realismo del Operativo Cóndor al fondo cósmico que late debajo. Su arco apenas se abre con el embarque, y el cuaderno no le ha puesto todavía un nombre propio: se lo conoce por su oficio. La preparación de la gesta lo asocia a la consigna «elige tu LIFE» —cada quien descubre su grieta hacia el Mythos en una página distinta de aquella revista—, y la suya es la vía rosacruz de la visión interna.