Celefais
«Hay viejos y jóvenes pero porque han venido de otros lugares.» — advertencia recogida a la entrada de la ciudad, del lado del río
El viajero que atraviese el bosque encantado y llegue al río hará bien en llevar con qué pagar al barquero, porque del otro lado no hay otra ciudad que ésta: Celefais, la gran ciudad del plano de los sueños, sede legendaria del primer gran rey soñador. Una sola es, y no una entre varias. Allí el tiempo pasa —los mercaderes abren, los sacerdotes ofician, los huéspedes llegan y parten— pero a nadie gasta: «ningún habitante envejece».
La vista desde el río
Ciudad de mármol: «la mayoría de los edificios están construidos con mármol azul celeste prístino, rematados por delgados minaretes, con unos estilos a veces un tanto arabescos». Sus muros están coronados por estatuas de bronce brillante de héroes famosos de panteones antiguos. Quien haya visto otras ciudades notará lo que aquí falta: ruina, remiendo, desgaste. Nada de eso registra el ojo. El mármol es «prístino» y el bronce «brillante», y este cronista se permite observar que una ciudad donde el tiempo no gasta a la gente tampoco parece gastar sus piedras.
Se entra por un paso que un río atraviesa, y el río se cruza por barquero. El barquero cobra, y puede mostrarse amable. Qué ocurre con quien no puede pagar, el archivo lo calla.
Las tres leyes de la ciudad
Tres reglas duras rigen en Celefais, y conviene conocerlas antes de instalarse.
Primera: nadie envejece. El tiempo transcurre pero no consume. Existe además «un lugar en particular de condición temporal» dentro de la ciudad, y hay fuentes de la juventud que rejuvenecen a quien pasa años en ellas —si son ese lugar o son otro distinto, las voces no lo aclaran.
Segunda: el tiempo corre a otra proporción que en el plano material, en razón de un día por hora. En qué dirección corre esa razón —si el día es de acá y la hora de allá, o al revés— es disputa de versiones que este cronista declara y no resuelve. Sépalo el que calcule su estadía: la ganancia es cierta, el sentido de la ganancia no.
Tercera: nace un habitante por eón. Uno solo. Hace poco hubo un nacimiento, acontecimiento que en cualquier otra ciudad sería noticia de barrio y aquí es prodigio de era. De esta ley se sigue la fisonomía de sus calles: los habitantes propios son poquísimos, y la población visible viene de otros mundos.
El templo, el mercado, las fuentes
Sobre esa base se apoyan las tres instituciones. Adentro hay un templo —«es brillante, hay un templo»— servido por ochenta sacerdotes; a qué dios o panteón sirven, no consta. Hay un centro comercial que «algunos dicen que tiene al menos 10.000 años de edad», y sus mercados «son bastante agradables». Y están las fuentes de la juventud, que restituyen lo que en ninguna parte de Celefais se pierde de todos modos. Lo eterno, lo que se intercambia y lo que se restituye: así se compone una ciudad-refugio del tiempo, que por nacer tan poco depende de extranjeros para poblarse, y por depender de extranjeros los trata bien.
Del comercio y la marca
Quien porta el don del rey vende en estos mercados a tres cuartos del valor y compra a precio normal. Qué es exactamente ese don, quién lo otorga y bajo qué condición —si es merced del primer gran rey soñador en persona—, el archivo no lo establece.
Los objetos que salen de Celefais hacia afuera van marcados con una «U» y un número de serie, «como una especie de documento», al modo de las armas. Lo que se compra aquí queda documentado como de aquí: la ciudad firma su mercancía.
Huéspedes ilustres
Celefais recibe. Hubo visitantes hace poco, y Steve Reyes completó allí un retiro de estudio en el reino de los sueños. Que un estudioso elija esta ciudad no sorprende: la proporción temporal convierte cada estadía en ventaja frente al plano material. Quien tiene acceso a Celefais tiene acceso a tiempo y a juventud, y pocas monedas valen más.
Advertencias del cronista
Este cronista viejo, que ha visto ciudades presumir de eternidades que no tenían, deja constancia de lo que no sabe. No sabe en qué dirección corre la proporción del tiempo, y sospecha que quien lo sepa hará fortuna. No sabe qué significa la «U» de la marca ni quién la aplica: el verbo mismo de la fuente llegó degradado. No sabe cuánto cobra el barquero, ni el tamaño ni el trazado de la ciudad, ni cuántas puertas tiene además del río. No sabe quién fue el nacido reciente, y le habría gustado saberlo, porque un nombre por eón merece registro. Y queda la cuestión más extraña de todas: las leyendas del primer gran rey soñador se vinculan a Inglaterra —¿equivalencia onírica, origen de la leyenda, puerta de acceso?—. El nexo está dicho y no explicado, y así lo dejo, dicho y no explicado.
Véase además: Steve Reyes — huésped de estudio · el primer gran rey soñador · el bosque encantado · el don del rey.
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.