Caliyanis

«¡Te desintegra!» — advertencia de quien los vio disparar, y sobrevivió para archivarla

Que el que baje a lo de abajo no espere una guarida. Espere un tribunal.

El cuerpo

«Unos seres reptiloides de cuatro ojos, arrastroides»: así los describe la única voz que los tuvo enfrente. Se desplazan arrastrándose sobre seis patas, y en algunas de esas patas llevan cosas; las del medio son las torpes, las otras sí manipulan. Ponen huevos. Y tienen una servidumbre que ningún pueblo de superficie comparte: cada extremo del cuerpo debe humedecerse con regularidad — no por aseo, sino porque el organismo lo exige. Un cuerpo así necesita agua y subsuelo, y por eso donde se los halló fue donde se los halló: «una cámara de piedra horrenda». Piedra, subsuelo, y muy poco más a la vista — «son lo poco que hemos visto».

De su tamaño, su color, su sonido o su olor, el archivo calla por completo. El baqueano que se los cruce sabrá más que este cronista.

La institución

Los caliyanis no son fauna. Son una civilización, y de las cerradas: sostienen «toda una jerarquía que no entendemos, de magistrados, de consorcios». Guardan registro — «ellos también tienen maneras de guardar las adivinaciones», es decir que la adivinación es entre ellos un bien archivable, como lo es para otros pueblos del mundo. Practican danzas rituales horrendas y son vanos, vanidosos; conviene no leer eso como adorno sino como la cara visible de una casta que se exhibe y que legisla. Quien tiene magistrados también tiene arsenal.

Cómo se articulan magistrados y consorcios entre sí, nadie lo ha establecido. Se sabe además que les gusta el Arcanum — vínculo cierto, uso oscuro: si lo consumen, lo comercian o lo hacen combustible de sus armas, el archivo no lo dice.

El arsenal

Van «vestidos con cierta tecnología» y portan «una especie de tubo disparador». Disponen de psiónica. Y disponen de un ataque que desintegra la materia — la exclamación que abre esta entrada no es figura retórica. Ninguna otra criatura registrada de las cámaras de abajo alcanza esa categoría de amenaza: arma, técnica, psiónica, ley y archivo en un solo cuerpo de seis patas. Si la desintegración sale del tubo, de la mente o de la carne misma, quedó sin dirimir.

De dónde vienen, dónde terminaron

Aquí las versiones se bifurcan y este cronista las deja bifurcadas. Una escuela los da por criaturas subterráneas, nacidas de la piedra que habitan; otra los llama, sin más explicación, «caliyanis extraterrestres». Ambas quedan en pie.

Y hay un testimonio posterior que los da por destruidos: «también destruyeron unos seres reptiloides, ¿se acuerdan? Los caliyanis». El hecho se recuerda como cosa sabida entre los compañeros, señal de que fue acontecimiento con consecuencias — pero nadie precisó quién los destruyó, cuándo, ni si cayó la especie entera o apenas una avanzada. De la extensión de sus cámaras sólo se conoció un fragmento; la población real bien pudo ser mayor que lo avistado, y lo que se destruyó, menor que lo que queda.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno. Que la palabra «destruidos» no le afloje las piernas a nadie: lo poco que se vio de sus cámaras no autoriza a darlas por vacías. Queda abierto si son hijos del subsuelo o llegados de más arriba que el cielo; queda abierto qué es un consorcio caliyani y cuánto manda un magistrado; queda abierto de dónde sale el rayo que deshace la materia. Y hasta el nombre vacila: unos dicen Caliyanis, otros Kaliya. El que baje, que baje sabiendo que se mete en un orden ajeno que legisla, archiva y dispara — y que anote lo que vea, porque el archivo tiene hambre.

Véase además: Arcanum


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.