Atlántida
Un documento de ruta, recuperado a duras penas, la nombra como último punto del itinerario. Todo lo demás del mapa se recorre; a ella se llega — si se llega. Consigno aquí, como cronista que ha visto más itinerarios que arribos, lo poco que el archivo permite afirmar de «uno de los grandes mitos de la civilización».
El nombre que viaja disfrazado
La Atlántida no figura en carta corriente alguna: «no saben dónde está la Atlántida, pero otros sí lo saben y saben que existen estos caminos». Entre esos otros se cuentan los sabios de París Ucrónica, que conocen su existencia y sus rutas. El nombre mismo circula encriptado, por anagrama y cambio de letras: Atlantic City es la Atlántida, y bajo ese disfraz se la venía buscando desde hacía tiempo. Quien lea un mapa de Antiterra haría bien en desconfiar de los topónimos: alguno de ellos es la puerta.
Cuatrocientos metros de agua
Es una ciudad bajo el mar: la superficie del agua queda 400 metros arriba de ella. Y está dormida. Su modo de existir es intermitente — «pareciera ser que está, a veces, sobre todo con el frío, ¿se acuerdan que había un frío helado? Entonces a veces está como fuera de fase». El frío es el único factor que las voces asocian a ese desfase; si el frío la desfasa o el desfase trae el frío, nadie lo ha dicho.
Quien la ve en sueños la ve así: un crepúsculo, un ángel que va hacia un cuenco o «una especie de lugar de agua». En las visiones que proyecta el Aión aparece de otro modo: «una ciudad que vive sobre el agua», comida por «una niebla oscura», una ciudad corrompiéndose. Y hay quien la reclama desde más lejos todavía: «yo estoy en la Atlántida madre, no te olvides de eso: interestelar». Tres Atlántidas, pues — la sumergida, la interestelar, la de la visión — conviven en las voces del archivo como conviven las escuelas rivales en una academia: sin que ninguna ceda, sin que nadie las concilie. Este cronista las registra a las tres y no falla a favor de ninguna.
Las puertas y los filtros
Todo en la Atlántida es acceso restringido; cada una de sus piezas es una puerta o un filtro. El nombre encriptado esconde el destino. El documento de ruta lo pone al final del camino. En el camino mismo hay cuatro demonios que deben ser muertos antes de encontrar el paso. Y aun del otro lado espera la letra fría de la institución: la Atlántida tiene burocracia y admite por carta de invitación — «yo tengo invitación, pero ustedes no están invitados» —, invitación que se gestiona a nivel institucional y que puede pedirse a quien ya la posee. Por último, ni el que llegó tiene garantías: la ciudad puede estar «fuera de fase» cuando él llega. Cinco capas de cerradura sobre una sola llave.
La corte sumergida
Que no se piense en ruinas. Del otro lado de las puertas hay vida en funcionamiento: un rey — que existía ya cien años antes del juego cósmico de plataformas —, una guardiana como cargo al que se aspira, facciones y potencias acuáticas que la rigen, y al menos un spa, donde Antonia pasó sus últimos meses. Sus habitantes se distinguen por una carencia elocuente: «los habitantes de Atlántida, la diferencia es que no te teleportás» — no usan el teletransporte de la magia dual que otros sí emplean. Una ciudad que renuncia a desplazarse: quizá porque su modo propio de moverse es entrar y salir de fase.
La patrona del juego cósmico
La Atlántida no es decorado antiguo: es fuerza activa. Esponsorea seres para el juego cósmico de plataformas — hay compañeros que descubrieron que «sin querer participar estamos esponsorados por la Atlántida» — y otorga a sus patrocinados un cuádruple de poder, abrible solo en la plataforma siguiente. Un emisario se declara con autoridad sobre las plataformas y sus guardianes, y calla a quién representa.
Y el mundo cambia si ella cambia. Está surgiendo: «podría resurgir o no» en Antiterra. Una ciudad suya, apagada por Sigil, está siendo reemplazada por otra. Es «un lugar para tener en cuenta», y es más que un lugar: «la Atlántida es una esperanza».
Reparos de Paulus
Confieso los límites de mi ciencia, que son muchos. Del interior de la ciudad no puedo decir materiales, arquitectura ni escala: fuera del spa, nada se ha descrito. Ignoro qué es «el brote de la Atlántida» que se construye en el semiplano — ¿manifestación parcial, colonia, copia? Ignoro quién emite las cartas de invitación y qué institución concreta las administra; ignoro qué son los cuatro demonios, dónde están apostados y qué guardan exactamente; ignoro qué ciudad apagó Sigil y cuál viene a reemplazarla. Alguien habló de «recuperarla y ponerla con las hostias que nos quedan», y ni las hostias ni la operación han sido explicadas. Tampoco sé qué gana la Atlántida patrocinando a otros en el juego de plataformas: las esperanzas, como las invitaciones, rara vez declaran su precio. El que sepa más, que escriba al margen; el que sepa menos, que no invente.
Véase además: Antiterra · Sigil · París Ucrónica · Antonia · Magia dual
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.