Andromalius

«Remember, remember the Fifth of November.» — recitado en inglés por el propio demonio, al recordar su paso por Inglaterra

Los registros demonológicos suelen envejecer mal: catálogos de nombres que nadie volvió a pronunciar, sellos que ya no abren nada. Andromalius es la excepción incómoda. Las voces que lo describen no lo tratan como letra muerta de grimorio sino como una potencia en ejercicio: «un joven demonio», «una especie de masculino castigador de ladrones», con poder de «operar sobre la vida y la muerte», que responde cuando se lo llama y firma los cuerpos que alcanza.

El nombre declara al portador

La exégesis empieza por la etimología, porque aquí el nombre no es adorno: «Andro quiere decir varón». La juventud y el sexo masculino son rasgos fijos de la entidad —lo único fijo, quizás, porque figura no tiene una sola. Cuando quiso salir «se discurrió como serpiente»: la forma serpentina es su manifestación registrada, aunque nada establece que sea la única que sabe tomar.

Sus señales son inconfundibles. Su presencia se anuncia por una expulsión de plumas: «Andromalius, saca unas plumas… aparecen plumas. Negras». Y deja marca en el cuerpo de quien le pertenece, marca que se lleva en la espalda y que perdura: «en la espalda tiene la marca todavía… viste la serpiente y todo». Sobre el portador de esa marca ejerce poder total; a la vez —y esto conviene retenerlo— se le puede ordenar que salga.

Una jurisdicción de un solo delito

«Su oficio, su misión, su objetivo, su intención es castigar a los ladrones.» Ni más ni menos: una justicia estrictamente penal, de materia única. Y una justicia que no espera ser convocada. La jurisdicción se activa por la conducta, no por la invocación: basta entrar a un lugar y romper cosas para que «estas cosas se le están viendo». Quien irrumpe y destroza queda, retroactivamente, bajo su mirada; la irrupción se vuelve delito juzgable. El robo se paga — esa es la única ley que Andromalius provee al mundo, y la aplica con el instrumento que su poder de fondo le da: cuando su magia se aplica sobre cuerpos, éstos quedan «retorciéndose todavía en el suelo».

Criatura y potencia

Andromalius funciona en dos registros, y el exégeta debe distinguirlos sin separarlos. Como criatura, es un demonio invocable y pactable, uno solo —entidad nombrada, no especie—, ubicado en el escalafón demoníaco y con pares: «además tengo amigos», dice, sin nombrarlos. Como potencia, «Andromalius» es también el nombre de una magia que se aplica sobre cuerpos: «una magia de este tipo que se llama Andromalius», «un tipo de hechicería que sirve para castigar a los ladrones», cuyo efecto visible es la animación de cadáveres. El demonio da nombre a una escuela entera de hechicería; la marca en la espalda es el registro contable de a quién ya alcanzó su jurisdicción; las plumas negras y la serpiente, las señales por las que se sabe que está operando.

El bosque sin testigos

Su lugar de acceso desde el mundo son «bosques que son bosques que no tienen que estar habitados», donde puede ser invocado «casi a cualquier hora». El requisito no es el momento sino el despoblado: para llamar a una potencia que juzga en secreto hace falta un sitio sin testigos.

Allí responde, negocia y puede consentir en acompañar a quien lo llama. Con Jean el pacto se cierra con un abrazo y una fórmula: «Por supuesto. Voy con vos». Que acepte pacto y compañía lo vuelve algo más grave que un encuentro aislado: un aliado permanente, con todo lo que un aliado de esta clase arrastra.

El testigo de la pólvora

Andromalius sitúa su propia biografía en la Inglaterra de la pólvora: afirma haber estado allí «para volar el parlamento» — el atentado contra el Parlamento, año 1605, cinco de noviembre, el mismo que su recitado conmemora. No está atado a época ni a territorio, y quienes lo han oído toman esa continuidad como prueba de que «vive en muchos tiempos». La historia registrada no le hace lugar en sus actas; él, por debajo de ellas, reclama haber estado.

Advertencias del cronista

Este exégeta debe asentar lo que las fuentes disputan y lo que callan. Sobre su rango hay dos versiones que no se dejan conciliar: una lo declara «superior en jerarquía»; otra sostiene que «no es menor, tampoco es el mayor». Ambas quedan escritas; que el lector no elija por su cuenta. Sobre la marca hay una segunda disputa: unos testimonios describen la serpiente en la espalda; otros, más antiguos, establecen que la marca de Andromalius es el ancla. Si son la misma marca dicha de dos maneras, dos marcas distintas o un error de quien copió, no está resuelto. De dónde salen las plumas, las voces no lo dejan oír con claridad. Y quedan sin responder las preguntas que más importarían al prudente: qué precio cobra el pacto —de Jean sólo consta el consentimiento—; en qué consiste exactamente el castigo al ladrón; si la magia que lleva su nombre puede ejecutarla otro o sólo él; qué cuenta como robo ante su tribunal; y por qué el robo, y no otro delito, es su materia propia. El que trate con él, que trate sabiendo que negocia a ciegas.

Véase además: Jean


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.